Los profesionales del siglo XXI
siguen cursando estudios con el objetivo de poder aportar un valor a la sociedad, el cual es
retribuido por ésta en forma de dinero con el que adquirir bienes y servicios. No
obstante, hay profesionales muy valorados y profesionales poco valorados. La
cuestión es, ¿de qué depende ese
valor?
Al principio de nuestra carrera somos polivalentes: es decir, servimos para todo en general y para nada
en particular. La consecuencia inmediata de esto es que en ese momento cuando
se necesita realizar una tarea específica, la sociedad puede contar con
nuestros servicios pero siempre habrá alguien que ese problema lo sepa resolver
mejor que nosotros.
Es por tanto evidente que para salir de la mediocridad debemos especializarnos y es por ello por
lo que las universidades ofrecen másteres y expertos que concretan los estudios
de su oferta académica.
El problema surge cuando somos generalistas y no tenemos
claro cómo o en qué especializarnos.
Encontrar la respuesta a esta pregunta es compleja y pensar en ello puede
llegar a causar estrés.
Debemos empezar primeramente descubriendo en qué somos
buenos o qué es lo que de verdad nos motiva. Eso no se puede averiguar simplemente
desde el sillón de casa, por el contrario es necesario que probemos tantas actividades como sea posible a lo largo de nuestra
vida, cuanto más temprano mejor y entonces podremos saber realmente y no de
manera abstracta qué se nos da bien y qué se nos da mal. Conocer nuestras limitaciones y talentos es básico, pero llegar a conocernos a nosotros mismos requiere
una gran inversión en tiempo y a veces en dinero.
El secreto del éxito lo desenterramos cuando encontramos
aquello que nos motiva y para lo que tenemos talento especial y es en ese momento cuando debemos dedicar el 100%
de nuestros esfuerzos a especializarnos en ese campo. Mientras tanto, toda
nuestra energía debe encaminarse a encontrar
nuestro talento.
De esta manera, el éxito final está garantizado.

